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SecciónDescripción
La leyenda de la hacienda de San Nicolás
Por: Oscar García Martínez Una mañana del año 1746, doña Aurora cocinaba en la inmensa cocina de su Hacienda de San Nicolás, cercana al pueblo de Tequisquiapan. Los vapores del caldo que cocinaba le hacían sudar su blanquecino y pálido rostro –que recordaba glorias pasadas- y sin sentirlo siquiera su pensamiento se fue en retrospectiva hacia aquél a quien tanto había amado. De pronto volvió a sentir sus brazos rodeándola por el talle. Eran aquellos mismos y musculosos brazos de su enamorado amante, -muerto en la horca por la santa inquisición debido a ese prohibido amor-, con quien había vivido los años más apasionados de su lejana juventud. Recordó y añoró en cada poro de su piel, las caricias de
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La Presa Centenario
A principios de este siglo, cuando estaban construyendo la Presa Centenario, el ingeniero que estaba a cargo de la construcción, tenía mucho temor de que sus cálculos no fueran precisos y que, al ser terminada la construcción, dicha obra se derrumbara con las primeras avenidas fuertes de agua. Una noche que se encontraba apesadumbrado se le presentó el mismísimo diablo convertido en una persona muy bien vestida, alegre y jovial, de aspecto tierno y con una mirada penetrante. Entonces le dijo: “Si quieres terminar con la construcción de la presa y que ésta no se destruya ni con las avenidas más fuertes de agua, tendrás que hacer un pacto conmigo”. El pacto consistía en que tenía que entregarle a niños
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Leyenda de La Llorona
Corría el año de 1926 cuando un hombre llamado Jesús, locamente enamorado de una mujer llamada Paula, fue a buscarla a la una de la madrugada; encontrándose con ella en la que ahora es la calle Jazmín a la altura de Jacarandas del Barrio de San Juan. Paula le echó en cara el porqué no la había ido a buscar más temprano. Entonces Jesús la invitó a pasear. Llegaron a una presa y ahí, bajo la pálida luz de la luna, contemplaron la quietud de las aguas. Ella lo invitó a bañarse, sintiendo Jesús un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Jesús la miró fijamente y con sorpresa descubrió que el rostro de su amada era ya una horrible calavera,
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